Un estudio revela que la comunicación entre el estómago, el intestino y el cerebro podría influir en la salud mental

Un grupo de científicos identificó un vínculo inesperado entre el sistema digestivo y el cerebro que puede impactar directamente en el bienestar emocional y en cómo las personas experimentan ansiedad o estrés.

La investigación, publicada en una revista científica de alto impacto, analizó cómo las señales que se generan en el estómago —incluidas las ondas eléctricas que ocurren aproximadamente cada 20 segundos para facilitar la digestión— se sincronizan con la actividad del cerebro. El análisis combinó estudios de resonancia magnética con encuestas sobre la salud mental de los participantes.

Los resultados sugieren que existe una correlación clara entre la sincronía entre el estómago y el cerebro y la experiencia emocional: cuanto más alineadas están estas señales, mayor es la probabilidad de que los sujetos reporten malestar emocional y niveles más altos de ansiedad y estrés. En cambio, quienes mostraron menos sincronización tendieron a sentirse más tranquilos y estables.

Los expertos involucrados destacan que el intestino actúa como un “segundo cerebro”, porque contiene millones de células nerviosas. La comunicación con el cerebro ocurre principalmente a través del nervio vago, pero también por señales hormonales y células especializadas que detectan nutrientes y cambios en el medio interno del cuerpo.

Este diálogo constante entre el sistema digestivo y la mente no solo se relaciona con la forma en que procesamos los alimentos, sino que también influye en la regulación emocional. Por ejemplo, en situaciones de estrés, los ritmos estomacales pueden volverse más irregulares, afectando cómo la mente percibe el estado corporal y emocional.

Los autores del estudio consideran que estos hallazgos ofrecen una nueva perspectiva para comprender la salud mental, ya que subrayan que los procesos físicos del cuerpo están estrechamente interconectados con el funcionamiento psicológico. Además, plantean que monitorear esta “firma estómago-cerebro” podría abrir caminos para nuevas estrategias en el abordaje de trastornos como la ansiedad o el estrés crónico.