Diversos estudios muestran que las mujeres tienen más probabilidades de sobrevivir al cáncer en comparación con los hombres. Sin embargo, esa ventaja no es gratuita: suelen atravesar mayores consecuencias físicas, emocionales y sociales tras los tratamientos.
Según especialistas, la diferencia en la supervivencia se debe a una combinación de factores biológicos, conductuales y sociales. Por ejemplo, las mujeres suelen consultar antes, participan más en controles preventivos y, en muchos casos, responden mejor a ciertos tratamientos.
Pero el “costo” de esa mayor supervivencia aparece después. Muchas pacientes viven más tiempo con efectos secundarios prolongados, como fatiga crónica, dolor, problemas cognitivos o complicaciones derivadas de terapias agresivas. A esto se suman impactos en la salud mental, como ansiedad o depresión.
Además, las mujeres enfrentan con mayor frecuencia consecuencias sociales y económicas. Pueden ver afectada su vida laboral, sus ingresos o su rol como cuidadoras, lo que profundiza las desigualdades ya existentes.
En este contexto, los expertos advierten que no alcanza con mejorar las tasas de supervivencia. También es necesario enfocarse en la calidad de vida de quienes atraviesan y superan la enfermedad, con estrategias de seguimiento, contención y rehabilitación a largo plazo.