El juego ocupa un lugar central durante la infancia y constituye mucho más que una forma de entretenimiento. A través de las actividades lúdicas, los chicos desarrollan habilidades físicas, sociales y cognitivas, mientras exploran su entorno, expresan emociones y construyen vínculos con otras personas.
Los especialistas destacan que jugar permite desarrollar la creatividad, la imaginación y la capacidad para resolver problemas. También favorece el aprendizaje de normas, la cooperación y la comunicación con pares y adultos. Incluso actividades simples y cotidianas pueden convertirse en oportunidades para estimular distintas capacidades sin necesidad de recurrir a propuestas estructuradas.
Para las familias, una de las principales recomendaciones es reservar momentos diarios para jugar con los chicos y permitir que sean ellos quienes propongan actividades. También resulta importante ofrecerles espacios seguros donde puedan explorar y combinar juegos libres con propuestas que impliquen movimiento, creatividad y participación con otros niños.
Otra de las claves consiste en limitar el tiempo frente a las pantallas y evitar que los dispositivos desplacen actividades fundamentales como el juego físico, la conversación, el descanso y el contacto social. Los adultos pueden acompañar este proceso estableciendo rutinas y participando de juegos que no dependan de dispositivos electrónicos.
El juego también puede convertirse en una herramienta para fortalecer el vínculo familiar. Compartir actividades, escuchar las ideas de los chicos y respetar sus tiempos permite acompañar su desarrollo de una manera cercana. En este sentido, no se trata de buscar juegos sofisticados o costosos, sino de generar oportunidades para que la infancia tenga tiempo y espacio para jugar, explorar y aprender.